galería Un salario digno

 

 

Siendo nuestra vida tan corta, aunque más larga que la de nuestras gentiles compañías gatunas y perrunas, ¿qué es lo mejor que una criatura humana puede desear? Es sencillo. Un amor correspondido, un hogar confortable, bien alimentados, bien educados, con correcta atención sanitaria, un trabajo creativo, merecidas vacaciones, y una diversidad de placeres fundados en relaciones amistosas, lúdicas, y estéticas. Para lo cual resulta indispensable contar con un salario digno. Principio social básico, derecho, y aspiración fundamental de todos los trabajadores del planeta.
Nos sobran razones para juzgar la manera inmoral, la falta total de escrúpulos y la criminalidad de los poderosos de hoy y de siempre con la que rechazan la posibilidad de que tal principio popular se haga realidad. Ello está claro. Pareció, hace ya mucho tiempo, que una naciente burguesía, culta y dotada de una filosofía humanista, estuvo dispuesta, aunque sin renunciar del todo a sus privilegios, a facilitar la alternativa de compartir un bienestar general. Pero empezó siendo deglutida, al estilo de aquel burgués gentil hombre de quien se aprovecharon los nobles, por una nueva y ambiciosa plutocracia encaminada a instaurar un sistema capitalista brutal, desalmado, que beneficia a todos los nuevos ricos iletrados y mafiosos de todo el mundo.
Lo que no está tan claro y resulta difícil de comprender es la falta de una reacción coordinada por parte de todos los trabajadores perjudicados por el trato vejatorio, injusto y humillante con el que son golpeados y sometidos. Pagados con salarios ridículos e insuficientes como para vivir aunque más no fuera modestamente. ¿Qué es lo que impide en la actualidad la organización de una resistencia solidaria? Una vez establecido el capitalismo global, lo que supondría un contacto social amplificado, aún más pertinente, ¿qué es lo que dificulta el establecimiento de de una unidad transnacional de trabajadores? Por el contrario el mundo parece haberse vuelto idiota. En términos electorales la tendencia universal es: cuanto más nacionalismo, más votos. Y el narcisismo cabalga con sus jinetes del apocalipsis.
Quiero señalar, en mi opinión, algunos de los múltiples posibles factores que podrían intervenir en la convergencia de esta contrariedad.

Pérdida de la identidad obrera

Imaginémonos a Marx, aturdido por ruidos de una revolución industrial en apogeo, viendo las nuevas grandes fábricas y el desfile de cientos de obreros harapientos entrando y saliendo para dirigirse a las lindantes barriadas de hogares paupérrimos. Todo un cuerpo social destinado ante sus ojos a convertirse en un ejército poderoso, sin nada que perder, con la oportunidad inédita de construir unidos una sociedad universalmente justa e igualitaria, el comunismo. Con la invencible fuerza del proletariado.

¿Qué vemos en cambio, hoy?

Las dos más altas chimeneas de una antigua fábrica del centro londinense pertenecen a un enorme edificio recientemente adquirido para alojar uno de los establecimientos comerciales de la multinacional IKEA. Desaparecieron las fábricas en el paisaje metropolitano. Las viviendas obreras fueron transformándose en confortables residencias de la generación de clase media “bo-bo”. La industria se ha desplazado produciendo una dispersión generalizada de lo poco que quedaba del proletariado. En los suburbios urbanos sobresalen torres de hacinamiento inmigratorio e indigente. El paisaje urbano es polifacético. Lo viejo y lo nuevo se entrelazan en una configuración bastante caótica, como si el animal humano no supiera muy bien hacia dónde tirar. Polucionado, confundido y muy poco altruista.

De la labor mecánica al trabajo digital

Resulta ejemplificador lo que pasa con un taller mecánico propiedad de un trabajador autónomo. De no contar con un programa informático que le permita explorar el sistema electrónico del coche, se encuentra perdido. Debe comprárselo a la marca. Y para ello se encuentran ya equipadas las concesionarias contra las que difícilmente podrá competir.

El operario que trabaja en una cadena de montaje, de no mediar la imposición del trabajo a destajo, tiene una tarea física, fija y repetitiva que cumplir, similar a la de sus compañeros. No compite con su pares. Esa colaboración crea de entrada una invitación a compartir un espíritu solidario. Recordemos el film “La clase obrera va al paraíso”, de Elio Petri y genialmente interpretada por Gian Maria Volonté, al ritmo de “una pieza, un culo, una pieza, un culo”. ¿Qué ocurre en cambio, con el trabajador digital? Se dice que la joven generación Z estaría dispuesta a asumir el reto de esta transformación. De tendencia individualista y asocial, la política le resulta indiferente, y atiende con entusiasmo el contar con un trabajo con horario flexible y amplia movilidad, a ejercer en casa, en la playa o donde sea. Le aseguran, que con la facilidad de comunicación que aporta la red podrá estar siempre en contacto con su medio laboral. Desde luego, muchos interrogantes se abren en los entresijos de esta tentadora propuesta. Mucho ingenio habrá que tener para igualar a los matemáticos rusos e indios, y a los informáticos chinos que llevan más de veinte años en esto. ¿Qué honorarios? ¿vuelta al sistema de destajo? ¿Hasta qué punto no se le exige un nivel de competición estresante, siempre reclamado por la innovación, el emprendimiento y la eficacia? Lo de la flexibilidad horaria, ¿no acaba por extenderse a todo el día y a toda la semana? Lo de la comunicación, supervisada por supuesto en función de los intereses empresariales y sus cuadros directivos. O sea, colaboración, pero bajo custodia de la nube. Y por último, ¿acaso esta relación laboral está libre de plusvalía? Más bien el plus que se obtenía de la fuerza de trabajo físico pasa ahora a exprimirse de un esfuerzo intelectual. El trabajador digital cuenta con una pseudo autonomía. Es un dependiente que trabaja en el mercado cibernético, ya sea como mago u operario de base, con absoluto grado de subordinación a la red y sus propietarios. Pero auto complacido por el hecho de dominar las artes de una todopoderosa y brillante tecnología, parece no ser aún consciente de ello.
El culto de la ciencia y la tecnología 

Si preguntáramos a un joven sobre lo que piensa de su actual generación, nos respondería: “de momento un 4G”. Nada tengo que reprochar por ello a la juventud. Su mentalidad es el resultado de muchas décadas de propaganda cientificista y desarrollista. Con la ciencia pasó como con la burguesía, se postuló contra el oscurantismo y la irracionalidad. Pero acabó siendo apropiada por el capitalismo, como arma esencial de su sistema, de la industria de la guerra, de los laboratorios, de la malnutrición y el ciberespacio mercantil. Creó la falsa expectativa de que cualquier problema humano puede y podrá resolverse de la mano milagrosa de la ciencia y la tecnología. Ha resultado. Una masiva alienación, obnubila hoy particularmente la psicología de nuestros jóvenes. Para estos el pasado fue ayer y el futuro mañana. El pragmatismo positivista se impuso como filosofía de la vida cotidiana.

Una muestra de hasta qué punto predomina esta ideología cientificista podemos observarla en las propuestas presupuestarias, en lo que se propone que haga el Estado con nuestros dineros. Por la parte oficial, coincidentes ultraconservadores y neoliberales, ya se sabe qué se puede esperar. Continuidad en la línea de las medidas de austeridad, con algunas migajas a repartir entre los más desesperados, bombones a ofrecer a los más ricos, aumento en gastos de defensa, y una política científica dictada por las necesidades de las multinacionales. Veamos ahora que ocurre con las formaciones opositoras, que se disputan el espacio denominado de izquierda. Según un artículo publicado en infoLibre, firmado por Daniel Ríos y Fernando Varela, se nos informa sobre sus propuestas alternativas. Se decantan por un claro aumento del gasto social en función de disminuir las penurias de los más desfavorecidos y un política fiscal de presión sobre las grandes fortunas y empresas, y castigo del fraude. Y a continuación destacan “medidas de modernización del modelo productivo”. Las dos formaciones coinciden, con algunas diferencias en cuanto al monto de las partidas, pero de acuerdo con el modelo. Se proponen “becas de éxito”, “recuperar talento investigador”, “impulsar bio medicina”, “agro alimentación”, “plan de rescate de la ciencia y la I + D + i” (de la que no ofrecen mayor detalle según los autores del artículo), “digitalización de la economía”, “implantar procesos digitales avanzados en las empresas, las administraciones y los hogares”. En cuanto a las partidas, 1.300 millones para eficiencia energética, 1.240 para ciencia y I + D + i, 310 para compra de coches eléctricos (coches, no hablan de buses), y a la cola: 250 para desarrollo rural y pesca, 250 para sanidad (¿?) y 200 para cultura (¡qué consuelo!). Como se ve, la hegemonía de la ciencia por delante de cualquier otra cosa. Resulta cinco veces más urgente y prioritario invertir en un investigador de bio medicina para un proyecto de incierta aplicación que en una sala de urgencia atiborrada de pacientes que cuentan sólo con un médico de familia desbordado.

Modernización.

En un artículo anterior titulado La Libertad ya expresé como más apropiado formular un plan de reparación, más que de crecimiento o modernización. Es muy discutible hoy saber qué podemos significar como “moderno”.

Productividad.
Producir qué, para qué, para quién. ¿No sería más correcto definir actividades y recursos, con nombres y apellidos? Si nos regimos por un principio de consumo con moderación, cantidad de productos pueden considerarse prescindibles e incluso dañinos.

Éxito, talento, I + D + i, eficiencia.

Términos a utilizar con cuidado. Pueden interpretarse como parte de un elogio a las élites de una meritocracia privilegiada.

Rescate de la ciencia.

Mejor que rescatar lo prioritario es dotarla de una definición ética. Hacer que los científicos se ocupen de nuevos desafíos, cómo disminuir el calentamiento de la tierra, contar con recursos acuíferos, cultivar sin insecticidas, detectar substancias cancerígenas en los alimentos, combatir nuevas enfermedades… Dejar de estar encasillados en el reduccionismo de la biología eugenista y la farmacología comercial, para ocuparse más de las causas y trastornos ambientales. Cómo mejor prevenir antes que de beneficiarse gracias al mal ya instalado.

Digitalización.

“De las empresas, las administraciones y nuestros hogares”. O sea, de toda nuestra existencia. Un sujeto que no es moco de pavo como para soltarlo tan graciosamente. Debe ser sometido a un debate público con participación de toda la ciudadanía. Quien quiera digitalizar su casa que lo haga. Pero como opción, sin estar obligado. Un objetor tiene todo el derecho a negarse si lo prefiere. La problemática es la siguiente. Entiendo que la propuesta es bien intencionada, se inscribe en el interés de mejorar nuestra calidad de vida. Tomemos como ejemplo lo que nos sucede con el uso de nuestras tarjetas. Nos enfrentamos a cantidad de situaciones que ya no pueden resolverse sin poseer la misma. Se ha establecido como prácticamente imprescindible para circular por la vida. Pero la cuestión no acaba allí. Se establece la obligatoriedad de contar con una cuenta abierta en el banco. Y a final de cuentas quién se beneficia más, ¿nuestra calidad de vida o la banca? Otro tanto de lo mismo sucede con el móvil, ¿nuestra calidad de vida o las telefónicas? Digitalización, ¿nuestra calidad de vida o el mercado digital? Sin entrar en la consideración de la deriva distópica que puede camuflarse detrás de todas esta supuestas ventajas.
Para mi gusto habría que invertir el orden de los términos de esas propuestas. Educación, sanidad, ecología, cultura, condición de la mujer, pensiones, recursos naturales, viviendas, transporte público, en primer término. Lo que de la realidad nos urge. A continuación y finalmente ciencia y tecnología al servicio de todo lo anterior. Sería la forma de desvestirlas del hábito religioso, disolver el mito, y dotar a ambas de un contenido social auténtico.

Otro importante factor: el descrédito de la representación.

Falsas promesas, mediocridad, mezquindad, favoritismos, demagogia, incoherencia, corrupción… casi nadie confía ya en los partidos políticos y sindicatos. Los políticos y los sindicalistas se han ganado una muy mala reputación. A corregirse ofreciendo más participación directa y protagonismo de las iniciativas ciudadanas.

Las respuestas más apropiadas para todas estas complejas cuestiones deberían provenir de la filosofía más que de la política o la economía. Pero en medio del páramo que nos circunda, ¿qué ha sido de la filosofía y los filósofos?

Estoy convencido de que los jóvenes trabajadores llegarán a sufrir un desengaño ante el canto seductor de las sirenas digitales. Irán en aumento las reacciones anárquicas individuales, como acciones emprendidas por crackers, lo que significa una seria amenaza para el establishment virtual, mucho más peligrosa, por sus consecuencias desestabilizadoras, que la de aquellos sacrificados obreros industriales. A no ser que…

https://www.rebelion.org/noticia.php?id=242710

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