“Podemos ha pasado de lo más bello del mundo a algo feo”

Entrevista al filósofo y escritor Santiago Alba Rico

 

El Mundo

 

 

Escoge el rincón más al fondo a la izquierda del café Pepe Botella, en la Plaza del Dos de Mayo de Madrid. Allí anota en la moleskine con letra limpia y pequeña. Habla del tirón, duda poco, cuestiona mucho y maneja un registro de ideas que tienen tanto de cautela como de desafío. Lleva la cabeza pelada.

Hablamos con insistencia de incertidumbre mundial, inestabilidad política y fin de una era. ¿Es así o forma también parte de un discurso de confusión para favorecer la aceptación de lo irremediable?

Los seres humanos nunca hemos sabido cuándo vivimos el final de una época. Hay una ilusión ínsita a la naturaleza humana por la cual, viviendo siempre en periodos de transición, asociamos nuestro periodo de transición particular a un momento más inclusivo, más global. La misión de los que nos dedicamos a pensar es distinguir lo que pertenece a la ilusión del fin de los tiempos de lo que son los verdaderos cortes en la historia. Mi sensación es que estamos en una transición civilizacional donde convergen muchas crisis, unas heredadas del siglo XX y otras más recientes. Tiene que ver con un marco económico que revienta por todas sus costuras y ya no es capaz de volver a una funcionalidad estable y poderosa. Esto coincide con cuestiones de carácter ético y tecnológico heredadas del siglo pasado.

¿Por ejemplo?

Un momento definitivo es el que se abre en 1945, cuando ya sabemos fabricar bombas atómicas. Eso genera un nuevo sujeto pasivo, negativo y amenazado que llamamos humanidad. Así que desde ese año 45 somos una especie constituida negativamente. A esto se suman las crisis relacionadas con el cambio climático y los desplazamientos de población asociados también a conflictos no resueltos en un espacio geoestratégico que ya no es el del siglo XX. Estas crisis convergentes se dan en un periodo definitivamente postrevolucionario donde hay miles de revueltas (y algunas muy destructivas), pero donde no es fácil concebir un sujeto colectivo alternativo ni un modelo nuevo de economía ni de civilización. Esto hace pensar que vivimos el fin de algo más grande que una época.

Hoy las palabras parecen menos creíbles. Las redes sociales generan corrientes de desconcierto basada en el instante. O sea, sin margen para la reflexión.

Últimamente tiendo a ser algo pesimista. Parte de esta transición civilizacional tiene que ver también con la pérdida de vigencia del paradigma letrado. El mismo que estaba unido al conflicto entre objetividad/subjetividad, verdad/falsedad, ciencia/opinión, Ilustración/autoridad… Y, a su vez, todo esto estaba asociado a una técnica enormemente democrática: la escritura. El que aprende a leer se convierte en un potencial escritor. Pero las nuevas tecnologías y el capitalismo de consumo acelerado han quebrado el paradigma letrado e, irremediablemente, la filosofía. Las palabras están perdiendo, sí. Me pregunto si en este paradigma de actualidad y cultura de urgencia las palabras tendrán la consistencia suficiente como para que devuelvan la visión a los videntes, pues devolvérsela a los invidentes es algo que puede hacer cualquier dios.

¿Cómo ve España desde fuera?

Durante años la vi con rechazo. Por eso, junto a otras cuestiones personales, me fui en 1988. Pero en los últimos años miro España como una singular excepción europea. Es un país que, como consecuencia de un legado histórico negativo, cuenta con ventajas comparativas respecto de otros. España es un país sin memoria. Y eso, para alguien como yo, formado en la izquierda más clásica, pendiente de los pecados originales de la Transición y de la monarquía como legado del franquismo, supone un hándicap terrible. Aunque, a la vez, el 15-M nos descubrió que esa amnesia podía ser una ventaja comparativa. Es posible preguntarse por qué España, país de tradición católica, uno de los más racistas y xenófobos, es el menos homófobo y donde los derechos civiles se conquistaron muy deprisa. Aquí hay una generación, entre los 18 y 35 años, que no se pregunta por el origen de nuestra democracia, sino que investiga sus límites. En este país incluso la derecha renuncia a la memoria patriótica.

¿Seguro?

Sí. La derecha renuncia a la memoria patriótica y opta por la Marca España mientras deja abierto el concepto patria para que lo pueda resignificar una fuerza de cambio como Podemos. No olvidemos que un país sin memoria es un país en peligro. Por eso depende tanto de lo que hagamos los ciudadanos y de lo que hagan las fuerzas políticas que se han llamado del cambio, sobre todo a partir del 15-M. Los agentes conscientes que intervienen en ese contexto deben hacer las cosas muy bien.

¿Y se están haciendo?

Me parece que no.

Podemos apareció como una alternativa efervescente y se ha modulado en poco tiempo como un partido algo amurallado, poco dado al riesgo y la espontaneidad que sí tenía en origen.

Esa caída del entusiasmo la siento en mí. Y soy de los que estaban desde el principio. Hemos tocado con los dedos de la mano no sólo un cambio institucional y de modelo democrático, sino de percepción del mundo y de relación entre españoles. Una de las cosas terribles de Podemos, y lo digo con dolor, es ver cómo lo más bello del mundo deja de serlo a costa de convertirse en lo más feo. Aun así Podemos sigue siendo necesario. No sólo era un proyecto político sino un aura, una sensibilidad colectiva. El desencanto entre mucha gente que se vinculó a través de esa dimensión estéticoamorosa radicalmente política es un hecho que debería llevar a reflexionar a quienes ahora dirigen el partido.

¿Cuál es el reto de un intelectual de izquierdas?

Este momento débil de la izquierda española es fruto de la herencia de la Transición y del acelerón histórico/tecnológico, que nos ha convertido a todos en extemporáneos. Lo más extemporáneo en este país ha sido la izquierda y, más específicamente, los intelectuales de la izquierda clásica. En la cultura de la Transición hubo una serie de intelectuales que cumplieron una misión, pero después fueron enteramente absorbidos como garantes intelectuales del bipartidismo. Eso los hizo desaparecer como elementos críticos. Así que la cultura mainstream de la Transición se convirtió en algo inoperativo. Y luego estábamos los que decidimos estar fuera de aquello y nos movíamos en una realidad sin mundo, por lo que también éramos inoperativos a la hora de intervenir en la realidad.

¿Y ahora?

Pues para algunos que pertenecemos al ámbito de la izquierda transformadora, Podemos dispensa la oportunidad de volver a ser contemporáneos. Aunque si Podemos fracasa volveremos a ser gente descolgada del presente. El verdadero proyecto político es volver a construir una contemporaneidad.

Eso no se le exige del mismo modo a la derecha.

Es curioso. En general la izquierda tiene peor formación intelectual que hace 40 años y, a la vez, ha mutado la idea de intelectual. Si hablamos de intelectuales hay que hablar de los que están investidos de autoridad pública, que hoy viene determinada por el mercado. Eso ha trasladado el concepto de autoridad pública. Intelectuales de hoy son Ronaldo o Nadal.

¿Y qué papel juega Ciudadanos, que reivindicó un ánimo de regeneración moral e institucional?

Nada. Es obvio que se trata de un partido reciclado contra Podemos para hacer labores de proxeneta con la derecha. Estaba claro que una vez cumplida su misión volvería a la caja de herramientas del bipartidismo. Es una rueda de recambio.Hay una cierta sobreactuación política sobre los asuntos que más preocupan a los ciudadanos (corrupción, desigualdad o equilibrio social), pero a la vez son temas que están fuera del debate político real.Tiene que ver no tanto con la sobreactuación, que degrada las verdades a retórica y propaganda, cuanto con el hecho de la urgencia de soluciones. La ilusión y el entusiasmo son muy imperativos y apremiantes. Hay una sensación de derrota con la que ha jugado bien Mariano Rajoy aguantando mientras la gente se rinde. La suya es una resistencia confuciana.

Que, por cierto, aplica muy bien en el asunto de Cataluña. ¿El independentismo es un paso adelante o hacia atrás?

Para la CUP es un paso hacia delante contra el régimen del 78. Pero yo no soy tan optimista, pues el proceso independentista está gestionado por otra de las patas del 78: la antigua Convergencia que tantas veces ha sido socia del PP y del PSOE. Así que frente al nacionalismo beligerante español surge un nacionalismo reactivo catalán. Será Convergencia la que impedirá que se cumplan las expectativas de los que sí creen que la independencia es un camino de mayor democratización de Cataluña. Y el problema territorial sigue ahí.

¿Y eso estanca el proceso soberanista?

No es que lo estanque, sino que lo enreda. Para mí la democracia se llama España. Y nuestra democracia sería menos España y más democracia si permitiera decidir a los catalanes, a los vascos y a los gallegos.

¿Se puede diferenciar hoy entre democracia y España?

Sí. Y yo escojo democracia. Quizá a partir de ahí es posible resolver mejor el problema. Mientras no solucionemos eso viviremos en un espacio más español que democrático.

Pero el independentismo se asienta sobre un polvorín escasamente democrático. Por ejemplo, la corrupción de la antigua Convergencia, el partido más palermizado de España.

Todavía sigo pensando que los miembros activos de ese partido quieren negociar en las mejores condiciones con el PP y el Gobierno central. Su obsesión no es la independencia.

¿Tiene sentido hoy la vieja Europa de los pueblos?

Lo malo es que quienes proponen ahora una Europa de los pueblos son las fuerzas reaccionarias: los británicos del Brexit, los franceses de Marinne Le Pen, los holandeses de Geert Wilders. No defendería una Europa de los pueblos como ésta, pero tampoco una Europa como la que pretenden seguir manteniendo las fuerzas neoliberales dominantes.

¿Y cuál es la alternativa?

No tener miedo a reconocer diferencias. Por ejemplo, distinguir el proceso catalán (con todas las críticas que debemos hacerle) de un proceso como el que defiende el UKIP en Inglaterra o la Liga Norte en Italia. Sería muy importante poder actuar desde el corazón mismo de la UE para frenar el tsunami destropopulista. Otra cosa es que no sea fácil.

¿Pero qué credibilidad ofrece la UE?

Escasa. Una señal de derrota muy grave de la que son responsables los artífices de su construcción.

Y, mientras, crece la amenaza del ideario de Trump o la ambición de Rusia.

Si la única respuesta que encontramos para estas alternativas comunitaristas de derechas es apropiarnos de su programa desde una perspectiva económica neoliberal, lo que haremos será retrasar nuestra debacle, no atajarla. Y, por lo mismo, favorecer la victoria de todas esas fuerzas oscuras y retrógradas.

¿Esta confusión podría servir para reactivar el espíritu socializador que se perdió?

No olvidemos que Europa entera, y sobre todo los países del sur de Europa, vivimos en una especie de estrés postraumático. Se trata ahora de manejarlo más o menos bien, a sabiendas de que hay que amortiguar los daños. Esto lo explica muy bien el historiador marxista Immanuel Wallerstein y es algo que actualmente me aleja de Podemos.

¿El populismo tiene sentido?

Es interesante la reflexión que hace Esteban Hernández sobre el populismo que emerge en EEUU a finales del siglo XIX y cómo lo que vemos hoy se parece mucho. Se está haciendo un uso muy populista del populismo, principalmente por parte del sector neoliberal.

¿Con qué propósito?

Condenar cualquier alternativa. Es un juego perverso. Quizá Errejón no debería perder más tiempo reivindicando ese término. Es más favorable renovar el concepto patria al de populismo.

Y la filosofía tomando de nuevo sitio.

No soy capaz de valorar hasta qué punto las atenciones que está recibiendo la filosofía por parte de algunos lectores es un motivo de esperanza. Hay que reivindicar la palabra criterio y la palabra crítica, cuyo origen etimológico viene de la palabra límite. Es el momento propicio para que haya un enlace nupcial entre poesía y filosofía a través de un juicio que nos permita intervenir en el discurso. De otro modo, la política la seguirán haciendo los financieros y los políticos de salón.

Fuente: http://www.elmundo.es/opinion/2017/04/01/58de939b46163f2f2a8b4624.html

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