El mercado en Cuba y los contrasentidos

 

 

En la Conceptualización del modelo cubano se indica que “el Estado reconoce el mercado, lo integra al funcionamiento del sistema de dirección planificada de la economía, y adopta las medidas necesarias para regularlo”. Leer ese acápite me hizo recordar la aplastante afirmación de un experto cuando dijo, con anterioridad, que “el mercado es un mal jefe, pero un eficiente empleado si se utiliza bien”.Precisamente no usarlo con acierto ha sido —y todavía es— uno de los fallos de la práctica económica del país; sin obviar que también se ha actuado desentendiéndose de sus mecanismos.

Y este contrasentido volvió a aflorar, como un ejemplo entre tantos, hace un mes, cuando el Gobierno de La Habana estableció precios topados para los taxistas privados, debido a que, “sin razón legítima”, habían encarecido su “habitual” tarifa de viajes.

Así el Estado daba vida a aquel propósito de “adoptar las medidas necesarias para regular el mercado”; solo que hacerlo bien es quizás una de las metas más difíciles de lograr, como advierte el investigador Juan Triana Cordoví.

Para ello —opina— hay que validar de manera precisa el objetivo de la regulación y su coherencia con el fin deseado; esclarecer el cuándo y cómo se debe implementar, el costo de hacer efectivo el reglamento, los impactos colaterales, quiénes se benefician y quiénes se perjudican.

A juicio de Ariel Terrero, periodista especializado en temas económicos, la historia de los taxistas, pese a constituir un botón de muestra pequeño, confirma los desequilibrios y rollos que crea un mercado sin control del Estado. “Si el Gobierno de la capital tiene responsabilidad en la crisis no es por intervenir para poner orden, sino por demorarse en hacerlo”.

En una línea diferente, el economista Oscar Fernández Estrada plantea que la corrección de las distorsiones del mercado no tiene por qué resolverse únicamente con prohibiciones, restricciones o directivas que intenten negar los equilibrios resultantes.

“Si en lugar de imponer administrativamente un control de precios —medida irracional desde el punto de vista de los equilibrios de ese mercado y que por tanto se diluye a mediano plazo— se hubiera pensado en cómo incrementar la oferta de transporte en la capital movilizando creativamente recursos existentes hoy subutilizados, el desenlace hubiese sido totalmente diferente”, añade.

Incluso —prosigue— “si se ofrecieran incentivos fiscales para incrementar el número de dueños de automóviles privados dedicados al transporte público, entonces un ´shock´ de oferta hubiera impactado positivamente en los precios de manera estable, sin necesidad de alimentar resentimiento con un actor que cumple también un rol social, y de cuyos trabajos dependen familias cubanas”.

Innumerables pudieran ser las ideas en tal sentido. Lo cierto es que el trance con los taxistas privados acentuó esa vieja práctica del Estado, la cual nunca ha demostrado su eficiencia, como sucedió con los archiconocidos incidentes en la comercialización de los productos agrícolas en 2016 y también en oportunidades anteriores.

Sobre las deudas…

Hasta hace poco tiempo, antes del inicio de las actuales reformas para ser exactos, hablar sobre el mercado en Cuba era casi remitirse a la ciencia ficción, pues generalmente fue visto como sinónimo del capitalismo, y por consiguiente impulsor de la propiedad privada.

Muy alejado de esa lógica, Triana Cordoví argumenta que el mercado no es exclusivo de la economía capitalista y que resulta “una institución independiente de nuestra conciencia, existe lo queramos o no. Podemos reconocerlo y no aceptarlo, y funciona como le plazca, como ha pasado en la Isla toda la vida”. Incluso, se puede regular consecuentemente con los propósitos de la sociedad en la que se viva, pero sin obviar sus leyes objetivas.

Según el catedrático Oscar Fernández Estrada, el reconocimiento del mercado —idea impulsada en el VI Congreso del Partido en 2011 y no exenta de vaivenes contradictorios como lo ocurrido con los taxistas en la capital — constituye un punto de giro en la concepción previa del socialismo cubano.

“Ningún arreglo —dice— ha sido creado hasta la fecha con la capacidad de sustituir sus funciones con éxito: coordinar millones de interacciones que se producen entre todos los agentes económicos, o sea entre personas, empresas, organizaciones y gobiernos.

“Al mercado no se le puede ocultar ni atrapar con directivas. Aunque tampoco es cierto que no se le pueda conducir, o que los arreglos derivados de él sean siempre socialmente destructivos o injustos. El Estado puede y debe definir las reglas y diseñar los incentivos”.

De acuerdo con Triana Cordoví, en ese caso le corresponde también al Estado anticiparse. “Para eso hay que tener un concepto estratégico de planificación, y Cuba no lo tiene. Aquí se administran bienes escasos con una proyección operativa, basada en restricciones que apenas la hacen funcionar. Precisamente una de las virtudes del proceso de transformaciones en curso deviene el rescate de los planes a largo plazo”.

Otra deuda más evidente es el sistema de precios, el cual “ha perdido capacidad para cumplir una de sus funciones: servir de brújula al resto de la economía. En contraste, el mercado ha ganado capacidad para colocar precios por encima de los que fijaría en un ambiente de competencia real”, añade el periodista Ariel Terrero.

Hacia otros horizontes

¿Podrá el mercado ganar más espacio en nuestro sistema? Y Fernández Estrada resume: Avanzar hacia una economía donde este funcione con mucha más organicidad y coherencia es imprescindible para un mejor desempeño.

“Se puede (y debe) expandir aún más su presencia en Cuba, sin avanzar un ápice en proceso alguno de privatización. No hace falta convertir en privadas las empresas estatales, lo que se requiere es que tengan verdadera autonomía”. Además, que los actores económicos (estatales y privados) se relacionen, comercien y compitan plenamente, a partir de condiciones de igualdad relativa.

Sin dejar de reconocer que tal proceso no se puede asumir con ingenuidad, el estudioso recuerda que la planificación practicada durante las últimas décadas tampoco ha evitado el desarrollo del individualismo. “La sociedad cubana no se salva del egoísmo como fenómeno social, optando por uno u otro modelo económico más o menos mercantilizado. Para evitarlo se requiere un rediseño mucho más riguroso desde la educación, la cultura, así como desde el ejercicio mismo de la política”.

Con instituciones veladoras de la competencia, “hay que lograr las condiciones para que sean los productores u oferentes los que compitan entre sí por la venta de sus productos, en lugar de lo que tenemos hoy en casi toda la economía, que son los consumidores compitiendo entre sí por comprar lo que necesitan”, apunta.

Esta economía —sintetiza Fernández Estrada— requiere una participación relativa mucho más amplia del sector privado, tanto doméstico como foráneo, en diversas formas y tamaños, lo que no significa privatizar sino continuar abriendo espacios a nuevos emprendimientos.

Fuente: http://progresosemanal.us/20170330/mercado-cuba-los-contrasentidos/

https://www.rebelion.org/noticia.php?id=224802

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