Miedo ante los esbirros de Trump

 

 

Un día te descubren un cáncer avanzado y te dan meses de vida, otro día hay unas elecciones y tu vida cambia por completo. Es lo que me ha llamado la atención leyendo el reportaje en Der Spiegel del 14 de marzo del 2017 de Veit Medick und Marc Pitzke desde Los Ángeles:
Llora un hombre al colocarle dos funcionarios las esposas. Vuelve la mirada por última vez, indefenso, hacia la cámara del móvil en marcha. Un último empujón y se lo llevan en coche. El mejicano Rómulo Avelica González, un refugiado indocumentado, vive desde hace 25 años en Los Ángeles sin ser molestado hasta el día de hoy. Pero hoy, cuando este padre de cuatro hijos, llevaba a sus dos hijas a la escuela los agentes de la autoridad de fronteras, Immigration and Customs Enforcement (ICE), le han detenido en presencia de su familia.

Fátima, su hija de 13 años, graba la escena desde el asiento de atrás del coche a través del cristal del parabrisas, en donde cuelga un rosario. “No llores, le dice su madre en español, tenemos que mostrarnos fuertes”.

Es algo que está ocurriendo a diario en Los Ángeles. Alrededor de un millón de migrantes de Sur y Centroamérica viven por aquí sin papeles, más que en cualquier otra metrópolis de USA. Y hasta ahora se han sentido relativamente seguros.

Pero ahora Donald Trump, mediante decreto, ha otorgado más poder a la autoridad de fronteras, y no quiere reparo ni titubeo alguno a la hora de hacer cumplir las leyes: donde antes se hacía la vista gorda ahora se deporta. Se están resquebrajando muchas familias latinoamericanas. Si bien en teoría las medidas debieran afectar sólo a criminales inveterados, la realidad es que en sus redes caen muchos como Avelica González, que es expulsado por un delito de tráfico de hace 10 años.

Y sobre todo queda en el aire el destino de unos 900.000 soñadores (Dreamers), que llegaron con sus padres a USA siendo menores de edad y bajo Obama disfrutaron de protección especial. Desde la victoria de Trump florece la angustia entre los migrantes. Muchos se esconden, no se atreven a salir a la calle, ni al supermercado ni, tampoco, a ir al trabajo.

A Karen Zapien la encontramos sentada en un café del Huntington Park en el sur de Los Angeles. Tras hablar durante una hora larga nos muestra una tarjeta blanca, en cuyo borde superior hay una banda roja, tarjeta que siempre lleva consigo. Se trata del permiso de trabajo extendido por los Estados Unidos de América. Zapien observa con nostalgia esta tarjeta plastificada, que durante tiempo ha representado su seguro de vida en USA. “¿Pero ahora cuál es su valor?”, se pregunta cada día. Esta soñadora tiene 24 años, con un año sus padres la empaquetaron desde Méjico con amigos a USA. Desde entonces vive en Los Ángeles, en su familia nadie tiene pasaporte, pero Zapien es una americana de los pies a la cabeza. Hihghschool, Disneyland, cargos honoríficos y música pop. Una pronunciación perfecta y desde hace tres años estudia en la Universidad economía de la empresa, sueña con una carrera como interventora, pero de momento vive una pesadilla, el terreno que pisa es inseguro.

“Todos sentimos miedo”. Hace tan sólo dos días el tío de su mejor amiga fue detenido y espera su deportación, en los alrededores todos los días hay razzias. Aquí tres de cada cuatros habitantes son latinoamericanos. Cualquier destello de luz azul produce pánico. Antes participaba alegre y contenta en grandes manifestaciones y pequeñas protestas, en partys y eventos. “Hoy tengo miedo de que me señalen”.

Zapien es un ejemplo de la gran inseguridad reinante, no se sabe a ciencia cierta hasta dónde está dispuesto Trump. Gente, que siempre ha vivido aquí, de pronto se sienten extraña en su tierra, se siente observada, rechazada. “Siempre hubo prejuicios contra los refugiados, comenta Zapien, pero jamás eran representantes de la política oficial”.

No es una niña, entiende que muchos Americanos están disconformes con las actuales reglas sobre la emigración, también ella considera necesaria una reforma, “pero siempre pensé que USA era un país de posibilidades, una sensación que ya no lo tengo”.

Y como ella son muchos los jóvenes inmigrantes que padecen un conflicto identitario, que se preguntan qué son, cuál es su país, que sienten angustia ante su futuro, que no saben en quién confiar. Son muchos los que preguntan a sus padres si fue acertado emigrar a USA y qué hubiera pasado de permanecer en su país de origen.

Zapien confía que Trump proteja y ampare su status de soñadora, no está todavía del todo claro el programa de actuación del actual presidente en este campo. Pero sus padres se hallan indefensos, sumergidos en la duda, los dos trabajan, su padre de carpintero, su madre de vendedora de ropa. Nunca tuvieron problemas o conflictos legales, pero si se toma en serio lo dicho por Trump se romperá su familia. Y en ese escenario de horror, ¿qué hacer?

Betty vive desde hace 30 años en Los Ángeles con 3 hijos, una hija es americana, otra tiene la Greencard (permiso de residencia y trabajo), y su hijo, como ella, sigue indocumentado como dreamer. Como punto de encuentro elige un gran centro comercial, por los altavoces suena “What a Wonderful World” de Louis Armstrong. Betty, que anda por los 40 y pico, mira un poco por encima del hombro, “no me fío de nadie”, comenta. Calla su apellido por miedo. Y aunque lleva años en USA habla spanglisch, su mundo ha transcurrido muy entre paredes latinas, despreocupada de la gramática y también de las leyes de emigración. Pero de pronto la cosa ha cambiado. Betty llegó a América “buscando una vida mejor y huyendo de la violencia diaria de su país. Aquí me sentí libre, comenta, por primera vez me sentí segura”. Trump ganó y el mundo se vino abajo. Jamás había pensado en papeles: “Nadie me dijo que contravenía leyes”. Trabajó de canguro, de mujer de la limpieza, de ama de llaves…, durante la semana en Los Ángeles, fines de semana en Las Vegas 4 horas de ida, 4 de vuelta, pagaba impuestos por sus ingresos sin tener que presentar su estatus de migrante. Y sólo tras una operación de cáncer Betty fue consciente de su situación, del de sus hijas y del de su hijo. Se echó en cara no haberse preocupado por legalizar la situación de su familia, “fui muy egoísta”, y se comprometió por la situación de los dreamers y por los demás.

La lucha conjunta por los derechos de los migrantes le sacó a Betty de su aislamiento, me dio fuerza y coraje “el sentirme protegida por mi gente”. Participó en manifestaciones, sentadas, una vez incluso fue detenida. En el 2012 Obama concedió a los dreamers protección ante la expulsión. Luego llegó la victoria de Trump, y todo cambió. Betty recuerda cómo se derrumbó entre lágrimas: “¿Quién es la persona de nuestra casa que corre más peligro? Yo”.

Hace poco los agentes de fronteras en una gran redada en Los Ángeles han detenido a 161 refugiados indocumentados. La mayor parte criminales condenados, dicen las autoridades, y a continuación añadían una lista de delitos, desde “brutalidad contra niños, drogas…, hasta borracheras conduciendo y daños materiales”.

La mayor parte son bobadas, tonterías, dice Betty, que conoce a algunos de los acusados. Desde entonces ella deambula en un mudo que se mueve entre la incertidumbre, el miedo y el despecho. Conduce el coche con sumo cuidado, evita cualquier toque de atención, en especial las autopistas, en las que a menudo hay controles. No quiere esconderse, pero mucho menos regresar a su país de origen, porque “América es mi país”.

https://www.rebelion.org/noticia.php?id=224226

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