Cosas y dinero, riqueza y pobreza

Imaginemos dos pisos de 100 metros cuadrados, por ejemplo, el 5º A y el 5º B. El primero lo habita una sola persona, empresario capitalista y en el segundo viven 10 personas que trabajan asalariadas en diferentes empleos. Esa es la realidad media de equivalencia espacial entre las rentas empresariales y las rentas procedentes del trabajo. Lo que gana el vecino de la letra A es lo mismo que el monto total de las nóminas del grupo instalado en la letra B.

Hablamos de España y de ingresos medios, que ya sabemos que es una argucia estadística más que engañosa. Hay que ser conscientes que los números sometidos a tortura dicen lo que queramos que digan. De ahí que un país X de tres habitantes, uno recibe dos pollos, otro un solo pollo y el menos afortunado ninguno, pero la media nos da que en ese territorio anónimo todos los ciudadanos comen, el menos, una pieza de alimento. Por tanto, las secuencias medias hay que tomarlas con mucha precaución.

No obstante, cruzando datos redondeados de la EPA, el INE y Hacienda de los últimos ejercicios económicos y fiscales se pueden proyectar realidades bastante interesantes y esclarecedoras del reparto de la riqueza y la pobreza en nuestro país.

El PIB señala que las rentas de capital y las del trabajo son similares, alrededor de 450 mil millones de euros anuales. Sin embargo, un aspecto elocuente es que mientras las empresas y empresarios activos rondan los 3,2 millones de personas jurídicas o físicas (1,4 millones si descontamos a los autónomos y los partícipes en comunidades de bienes), el número de asalariados asciende a 14 millones de individuos.

Realizando los cálculos pertinentes, la renta bruta de un empresario (teniendo en cuenta a los autónomos o no) oscila entre los 375.000 euros y los 180.000 euros anuales. Dejémoslo a efectos explicativos en 220.000 euros al año. Para una persona trabajadora, el salario medio ronda los 30.000 euros anuales. A todas las cantidades referidas le hemos incrementado un 25 por ciento no contabilizado en el PIB, que es el porcentaje oficioso estimado por diversas fuentes de lo que supone la economía sumergida en España.

Resumiendo: 220.000 euros para las rentas de capital y 30.000 euros para las salariales, unas 8 veces más. Ahora bien, una vez descontados los impuesto directos (IRPF) y los indirectos y especiales (consumo efectivo), los empresarios tributan por un 16 por ciento, 40.000 euros, y los trabajadores por un 40 por ciento grosso modo, unos 12.000 euros. Las rentas útiles o reales valoradas en mercancías adquiridas o susceptibles de comprarse (bienes o servicios) que quedan en el bolsillo serían de 220.000 euros anuales para el capital y 18.000 euros para el sueldo percibido por cuenta ajena. Es decir, después de cumplir con las obligaciones fiscales la distancia entre empresarios y trabajadores se agranda hasta 12 veces gracias a la propia normativa en vigor (facilidades y desgravaciones al capital) y a procedimientos de ingeniería financiera sofisticados al alcance de una exigua minoría.

Hay que repetir que hablamos de situaciones medias. Si nos fijamos en los extremos, la desigualdad es más punzante. Unas 500 personas cuentan con un patrimonio superior a los 30 millones de euros y 40.000 indigentes malviven en la calle. Los directivos del IBEX 35 acreditan unos emolumentos medios de 2 millones de euros al año, dándose a sí mismo pensiones y bonus de hasta 50 millones de euros (o cifras más elevadas aún de mayor escándalo). Hay casi 4 millones de parados y el 8,5 millones de trabajadores, el 60 por ciento del total, ganan menos de 1.000 euros al mes. También existen 1,5 millones de familias alojadas en infraviviendas y 9 millones de pensionistas. Y las mujeres cobran un 25 por ciento menos que los hombres por idéntico trabajo realizado.

Conviene señalar igualmente que el PIB es un concepto macroeconómico que recoge la producción de bienes y servicios legales susceptibles de ser comprados, esto es, el cambio de manos del dinero en curso. No contempla los daños causados por la contaminación ambiental, ni el cariño entre personas, ni el trabajo doméstico sin contrato laboral, ni el afecto, ni la experiencia transmitida entre generaciones, ni los estragos físicos y psicológicos provocados por la pobreza. Ni la percepción de alegría o felicidad. Muchos nis están prohibidos en el PIB.

Habitamos un mundo donde al dinero le otorgamos un valor casi divino. Es un tabú: todo es monetario o no es. Si no lo expresamos en dinero contante y sonante, podemos despacharlo como nadería desechable. Pero el dinero no se come. No se puede vivir solo con dinero. Por eso, la alimentación, la ropa, la casa, el transporte, la educación y la sanidad son aspectos fundamentales a cubrir para llevar una vida digna. Ahí reside la razón de los sistemas públicos para mantener un espacio resguardado de la rapiña empresarial capitalista. Por esta vía se intenta restablecer una equidad mínima que el mercado nunca busca. Lo suyo es obtener márgenes de beneficio cada vez más amplios. Producir a bajo coste y vender al mayor precio posible son sus axiomas de principio insoslayables.

Y, por supuesto, con el neoliberalismo las necesidades más imperiosas son un negocio suculento. Que nadie escape del miedo al hambre y a la enfermedad son elementos constitutivos del mundo actual… y, también, del siglo XX. Léase la extraordinaria novela de Robert Tressell, Los filántropos en harapos, ambientada a principios de la pasada centuria y veremos, salvando las distancias contextuales, las estrategias ideológicas y prácticas del capitalismo para mantener el statu quo a su favor manipulando la realidad a su antojo.

Existe un recuerdo muy vago en las masas de que todo es trabajo. Toda cosa producida tiene trabajo en su interior. Nada más que trabajo humano. Desde la extracción de las materias primas, pasando por la fabricación de máquinas hasta la elaboración definitiva del objeto tangible o no de consumo, sin trabajo nada habría. Y quienes realizan el trabajo son expropiados legalmente del fruto de su esfuerzo a cambio de intercambiar salario por la propiedad de la cosa producida, que se otorga al capital con un desajuste más que evidente: para obtener beneficio hay que pagar al trabajador una cantidad ostensiblemente menor del valor del objeto transformado en mercancía. Marx llamó a ese hurto invisible plusvalía. Podemos denominarlo de mil modos técnicos o coloquiales. El robo existe: es la esencia misma del sistema económico que nos contiene.

Los que no trabajan, pues, se guardan para sí lo mejor, el bien o servicio producido por el trabajador. Y, además, en un régimen de estricta libertad. El trabajador puede aceptar o no el salario. La alternativa neoliberal es el ostracismo, la indigencia o el hambre. Tiene donde elegir. Y, si tiene tiempo, formarse más y más con frenesí, ser todavía más polivalente y versátil: así nos quieren, educados y sumisos, para competir hasta la extenuación y que de esa competencia desaforada los costes laborales bajen hasta el umbral indigno de la supervivencia.

Pensemos críticamente:

  1. ¿Por qué pagan menos impuestos en España las rentas de capital?
  2. ¿Por qué ganan más los que no trabajan?
  3. ¿Por qué se acepta por parte de la persona trabajadora que le paguen muy por debajo de lo que realmente aporta al objeto terminado fruto de nuestro esfuerzo y pericia profesional?
  4. ¿Por qué elude el conflicto la inmensa mayoría frente a una minoría de bandoleros legitimados por la ideología dominante?

Estas líneas, con datos referidos a otros países del entorno occidental, arrojarían magnitudes y resultados parecidos. Y preguntas similares. La necesidad y el miedo guardan la viña del conservadurismo latente y del afán egoísta por alcanzar en dura competencia con el prójimo las miserias que el sistema lanza indiscriminadamente para saciar el hambre y el consumismo del día de autos en que vivimos. ¿Y mañana?

https://www.rebelion.org/noticia.php?id=223742

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