Galileo y los apóstoles de la sinrazón

Pocas cosas me preocupan más de lo que sucede hoy en el mundo que la destrucción de la razón. Me siento un heredero radical del racionalismo de la Ilustración, que continúa siendo para mí el periodo intelectualmente más fértil de la historia de la humanidad.

Por eso me tomo muy en serio y me causa verdadero pavor la proliferación de esos charlatanes adosados en diferentes asociaciones (siempre muy bien dotadas financieramente) que pretenden refutar unas veces la teoría de la evolución, otras la relatividad general enunciada por Einstein, otras la realidad del cambio climático y aún otras la propia validez del conocimiento científico. Me parece bastante más peligroso de lo que a menudo se cree y me indigna en particular la indulgencia con la superstición, sobre todo cuando penetra en los centros de enseñanza.

Uno de los movimientos más grotescos de esta naturaleza se reúne en torno a la asociación “Flat Earth Society” (“Sociedad de la Tierra Plana”) y defiende, como su propio nombre indica, que nuestro planeta no es esférico sino un disco plano. En el extremo del delirio, aseguran que hay una conspiración conjunta de la ONU y la NASA para que no alcancemos los polos, porque entonces nos toparíamos con el límite terráqueo (y nos podríamos precipitar en el vacío, supongo). Esta sociedad fue fundada en el Reino Unido y luego creció en California (Estados Unidos). En su momento de mayor esplendor consiguió que en Durban se decidiera, por votación popular, que su teoría era correcta, razón por la cual decía irónicamente Bertrand Russell en su ensayo “La libertad y las universidades” que la Tierra era esférica en todas partes menos en Durban, en donde democráticamente se había decidido que era plana.

Tras una década de debilidad, los defensores de la Tierra plana han adquirido nueva fortaleza y, como en todas partes hay patanes de sobra, la rama española ha organizado recientemente un encuentro en Valencia que puede seguirse en distintos vídeos en Youtube.

Es conveniente que no nos dejemos llevar por una noción manipulada de lo que es la libertad de expresión, porque una cosa es permitir que cada quien diga lo que se le antoje y otra muy diferente que se otorgue la misma consideración que a una teoría científica a lo que no lo es, dado que entonces incurrimos en una estafa. Quien quiera refutar una teoría científica debe hacerlo con las herramientas que posee la ciencia, que no son otras que las del conocimiento humano, y debe además estar expuesto a que su teoría alternativa sea a su vez refutada. No podemos dar ningún tipo de cobertura a quienes pretenden hacernos volver al oscurantismo, y su creciente predicamento social, que lamentablemente puede vivir nuevos lustros de esplendor con gobernantes de la pasta de Donald Trump (y similares), no es ninguna broma.

Aparte de la “redondez” de la Tierra estos pájaros impugnan el heliocentrismo (faltaría más). Precisamente uno de los mejores antídotos contra el irracionalismo es la lectura de las magníficas obras de Galileo Galilei, el hombre que más hizo por desarrollar el moderno método científico y el más colosal (y más astuto también, que todo hay que decirlo) defensor de la libertad de investigación.

Me atrevo por todo lo anterior a recomendar, para quien haya tenido la paciencia de leer este extenso sermón y para quien quiera aceptar consejos míos, libros que a mí me entusiasmaron en su día: la Carta a Cristina de Lorena, La gaceta sideral (texto que conservo en edición conjunta con la “Conversación con el mensajero sideral” de Kepler) y, sobre todo, el Diálogo de los dos máximos sistemas. Y para enmarcar estas obras, Talento y poder de Antonio Beltrán Marí (porque ha de saberse que es español el que está considerado uno de los mayores especialistas en la figura de Galileo del mundo, profesor de lógica, historia y filosofía de la ciencia en la Universidad de Barcelona), un extenso trabajo en el que se hace un relato apasionante de la vida, la lucha y el proceso a Galileo y se demuestra, entre otras cosas, que el presunto proceso de revisión del juicio promovido por Juan Pablo II fue en realidad un proceso de exculpación de la Iglesia Católica, que sigue sin reconocer, no ya que la Tierra no es el centro del Sistema Solar, evidentemente, sino el fondo de la injusticia que con Galileo se cometió.
Acabo con una cita de Galileo que encierra además una luminosa voz de esperanza:

«Si para suprimir del mundo una doctrina bastase con cerrar la boca a uno solo, eso sería facilísimo… pero las cosas no van por ese camino… porque sería necesario no sólo prohibir el libro de Copérnico y los de sus seguidores, sino toda la ciencia astronómica, e incluso más, prohibir a los hombres mirar al cielo».

https://www.rebelion.org/noticia.php?id=223618

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