La Constitución: ese sol del mundo ciudadano

Teníamos el cielo allá arriba, todo tachonado de estrellas, y solíamos tumbarnos en el suelo y mirar hacia arriba, y discutir si las hicieron, o si acontecieron sin más.

Huckleberry Finn

I

Me interesa presentar una perspectiva que toma al concepto de civilización como zona de partida para una actual comprensión de Cuba como sociedad política y que asume la Constitución como un resultado y vector de la misma. El término civilización, tendrá aquí un uso o dimensionamiento cultural, que permitirá enfocarla bidireccionalmente y de forma general: 1) como un constructo o acumulado de creencias y valores asumidos socialmente y 2) y también como el desarrollo de un cuerpo de mecanismos públicos para la organización global de la sociedad.

En ese sentido es que esbozo convencionalmente la existencia de tres grandes ciclos civilizatorios cuyos alcances y magnitudes pueden ofrecer pautas muy importantes a la hora de intentar una comprensión de nuestro desarrollo como sociedad. En tales ciclos es posible constatar la existencia de procesos de contradicción, crisis y cambio y expansión social de ideas, creencias y valores, que tuvieron y tienen particular repercusión en la vertebración y funcionamiento de los mecanismos de organización de la sociedad cubana. De hecho, en todos ellos, diferentes proyectos y textos constitucionales intentan encapsular, establecer y garantizar metas civilizatorias que son expresión tanto del grado de civilización alcanzado como de la ideación y búsqueda de paradigmas superiores.

Es posible afirmar históricamente que esos eventos constitucionales fueron también, de diversas maneras y a un mismo tiempo, el campo y el resultado de un prolongado proceso de formación de la identidad y las prácticas políticas ciudadanas, también de un progresivo acceso a derechos civiles, políticos, socio económicos y culturales de la población cubana. Los contenidos y las interacciones que se produjeron y reprodujeron en cada ciclo civilizatorio, así como la manera en que fueron recepcionados y jerarquizados por la población, definieron los elementos de cultura política que se sedimentaban dentro cada ciclo civilizatorio hasta delinear los perfiles axiológicos de la sociedad política real.

Dichos elementos también conformaron, en la medida que lograron ser proyectados e incorporados en la praxis social, el discurso político dominante de cada ciclo. Dentro de los ciclos, el comportamiento de los dimensionamientos culturales ante descritos en relación a la civilización conllevó –y son dos invariantes que se puede definir en los procesos– a: 1) cursos y procesos evolutivos originados de acumulaciones y cambios sociales y políticos sostenidos, 2) momentos de agotamiento y regresión civilizatoria, que se expresan al final de cada ciclo como escenarios de crisis social de la cultura de la civilización alcanzada, como también del funcionamiento de aquellas instituciones e infraestructuras que la realizan y garantizan.

Es importante tener en cuenta ésta última invariante, por constituirse dichos momentos en segmentos de peligrosidad histórica, en que los que se pone en juego el grado total de desarrollo civilizatorio logrado. Arnold Toynbee, célebre por su extensa investigación sobre las civilizaciones, describió las crisis que ellas experimentan teniendo en cuenta dos momentos: el desafío y la respuesta. Si el desafío es superior que la capacidad de respuesta, la civilización entra en un proceso de colapso. Si la respuesta que da al desafío es excesiva, el uso desproporcionado y sin control público del poder por un grupo terminará fracturando la cohesión de la sociedad.

En concreto, los tres ciclos históricos y los factores constitutivos que propongo son Primer ciclo civilizatorio: 1) en un sentido cerrado, las especificidades del proceso de constitución del Estado Nación español en medio de un complejísimo curso de articulación hegemónica, en un sentido abierto, los contenidos de la civilización occidental, los que definen el proceso de colonización y la posterior estructuración social, política y económica; 2) el acumulado y aportes de cultura política de la civilización sub sahariana, resultado del desplazamiento forzado de africanos y su posterior integración a la sociedad cubana –una auténtica zona de silencio de nuestros estudios de antropología política y jurídica– 3) la recepción del núcleo de creencias, valores, prácticas individuales, sociales y organizacionales proveniente del despotismo ilustrado y de la Revolución francesa y su reacción, en un contexto precapitalista; 4) integración económica a las relaciones del sistema mundo capitalista. Segundo ciclo civilizatorio: 1) la ocurrencia de dos periodos de revoluciones, condicionadas por las contradicciones de la modernidad capitalista en un contexto político y económico colonial y la expansión social del nacionalismo, que si bien no pueden impedir niveles sin precedentes de integración social, autoidentificación y autoestima de la población coherentes con las formulaciones constitucionales y míticas del nacionalismo, descarrilan, por demás, de forma muy exitosa, la emergencia política de un cambio social propugnados por sectores radicales del republicanismo democrático; 2) la ocupación estadounidense y la transferencia tolerada a las estructuras sociales de un estándar de modernidad capitalista sincronizada con procesos de repliegue y oposición cultural, esenciales a la creación, promoción y desarrollo de la idea de una comunidad de destino; 3) la integración como Estado periférico a la reestructuración del sistema mundo y al circuito de difusión y realización de ideas y nuevos paradigmas políticos; 4) incremento de la complejidad y la contradicción y el conflicto social; 5) ocurrencia de cambios jurídicos y constitucionales que asimilan, encauzan, o propugnan y establecen las iniciativas, aspiraciones y metas contextuales de los individuos y colectivos en el orden simbólico o material. Tercer ciclo civilizatorio: 1) Un periodo de cambios de cultura e identidad política, sincronizados con la ejecución cambios sociales y jurídicos que proporcionan la expansión y reproducción material y axiológica de un paradigma de desarrollo humano socialista de alto grado de integración social y bajos niveles de identidad social, asociados dentro de un intenso y sincronizado imaginario social, a la Revolución y el replanteo y ejercicio de las funciones del Estado y de su conjunto institucional; 2) desconexión parcial del sistema mundo capitalista y conexión e integración económica a un sistema de estados de economía centralizada; 3) procesos de auto transformación y auto identificación que involucran y conectan a integrantes de varias generaciones y sus proyectos de vida; 4) reconexión aculturante al sistema mundo capitalista y a su circuito de difusión y realización de ideas políticas y prácticas sociales.

Sin dudas, hay que tener en cuenta que a diferencia de los ciclos civilizatorios anteriores, los factores constitutivos del tercero fueron en su mayoría resultado de la ejecución de un proyecto de cambio político y social altamente coordinado y complejo, también lo suficientemente desarrollado y sostenido en el tiempo –más allá de contradicciones y de la perversión de algunos de sus propósitos– como para ser considerado el vector de un proceso civilizatorio cuyo éxito no tiene antecedentes en los restantes ciclos.

II

¿Estaremos abocados a una crisis del tercer ciclo de la civilización cubana? ¿o en el inicio de un cuarto ciclo? ¿Cuáles son los desafíos que enfrenta hoy la civilización en Cuba?, ¿cuáles son las respuestas que se implementan? Estas preguntas subyacen en la profundidad del actual y próximo decurso de nuestra realidad política, económica y social, sus dinámicas y contradicciones, en las diferentes estrategias y decisiones gubernamentales, grupales y personales que se instrumenten –y materialicen a futuro– y en las aspiraciones y la certidumbre –o no– de sus resultados finales. Formaron parte también de un debate intelectual –basado en la disyuntiva ¿reforma constitucional o constituyente?– que resultó tempranamente estrangulado –e ignorado– por importantes eventos y acontecimientos políticos.

La primera de dichas interrogantes no es apocalíptica, mucho menos pesimista, por el contrario, reivindica la oportunidad que entraña siempre una crisis, pero advierte también de las consecuencias de sus desenlaces posibles –inerciales o dinámicos– y de nuestra responsabilidad individual y colectiva con ellos. La crisis es siempre una acumulación, cuyas causas no siempre suelen aflorar, pero ciertamente puede ser un escenario de trabajo. En cambio, la disyuntiva planteada es una idea política descarnada y áspera, que puede servir para movilizar, juntar, salvar, revolucionar y refundar el pacto y la vida política de los cubanos alrededor de la Constitución. Tiene dos vías de acceso. La vía rápida es también inmediata, tiene una oportunidad en la calidad política que pueda otorgársele al proceso mismo de reforma constitucional, a su capacidad de involucrar a todos, pero su resultado se concreta en la centralidad y preeminencia que a partir de ese momento se le confiera a la Constitución como depósito de las metas civilizatorias en Cuba, y como plataforma, eje y límite de acción del gobierno y de los ciudadanos. Requiere de una fuerte voluntad política dado que en nuestra realidad es un cambio del paradigma del poder público realmente existente, pero sobre todo porque se trata de un proceso que debe implicar cambios del Derecho, o cambios desde el Derecho, ambos potencialmente capaces de incidir directa o indirectamente en la sociedad política cubana.

En estas dos variantes de cambio jurídico, el Derecho puede asimilar y encauzar las iniciativas, aspiraciones y metas contextuales de los individuos y colectivos, o ser un instrumento efectivo para conseguir el cambio social. La segunda vía, fatigosa pero practicable, supone una continuidad de la primera, en dirección a la formación de una identidad y un sentimiento constitucional dentro la cultura y las prácticas políticas de la ciudadanía cubana y el funcionamiento de las instituciones, respaldada con la creación de una jurisdicción constitucional que armonice, modernice, desarrolle y haga eficaz, institucional y ciudadanamente, la defensa de las garantías y los derechos. Requiere coherencia y continuidad, se concreta en la acumulación y el cambio cultural que se alcance en varias generaciones, pero es un proceso sólido una vez instaurado, proporciona reglas, estabilidad y comunicación, su pedagogía es la realización personal y social.

Algunos, rehenes –o reproductores– de la cultura autoritaria, o más comúnmente no habituados a la ideación y valoración de un modelo de sociedad política que jerarquice y ubique a la Constitución, sus valores y principios, en la cima de la estructura de la sociedad y de la gestión de la vida política cotidiana, encontrarán razones para rechazar, o desconfiar de su propuesta, para combatirla y cerrarle el paso. Sin dudas, la arquitectura de muchas de las prácticas culturales precedentes, tal como me demostró una funcionaria hace muy poco tiempo en una larga conversación, son un poderoso y terrible condicionamiento para ese tipo de respuestas. A ellos, no obstante, se les puede recordar que tal ha sido la pretensión de las revoluciones en Cuba. Es de todas formas un ejercicio elemental y útil para todos comprobar, que todas ellas fueron derrotadas o traicionadas antes de poderlo lograr, también que ninguna se consolidó lo suficiente, salvo la actual, para estar en condición de hacerlo.

III

Más de cuarenta años después de ser redactada y aprobada la Constitución de la República de Cuba mediante un referéndum que expresó lo que en aquel entonces fue –hoy lo sería mucho más– una desafiante y contundente muestra de consenso, sus contenidos y enormes reservas teleológicas pueden estar siendo ignoradas, aplazadas, o descarriladas en los inicios del proceso de su reforma, que parece estar determinado –por lo menos en la vaga declaración inicial que sirve de punto de partida de su necesidad y conveniencia– por la transformación del sistema económico cubano y por la explícita –e increíble colisión– existente entre las normas jurídicas que le han viabilizado desde el año 2008 y la propia Constitución.

El rol jugado por ella nunca alcanzó a ser algo más que la matriz formal del Estado de la Revolución, de su sistema político, social y económico, y por ello fue incapaz de jugar su papel de piedra angular de la hegemonía del Socialismo en Cuba, e impedir a tiempo la subestimación y degradación de la cultura jurídica y la axiología constitucional como contenidos de la cultura y las prácticas políticas de los ciudadanos. Entre algunas de las reservas de ley que han sido omitidas –o cubiertas sólo de forma parcial– desde su democrática aprobación hasta hoy, pese a ser un “plan legislativo” a cumplir por la Asamblea Nacional que se derivaba del imperativo mandato del propio texto constitucional, se encuentran claves para entender una parte significativa de nuestros déficits y potencialidades como sociedad política, también del papel que pudo y deberá jugar en el futuro la Constitución: 1. Ley de Ciudadanía. 2. Ley sobre la Libertad de Palabra y de Prensa. 3. Ley sobre la Libertad Religiosa. 4. Ley sobre la Relación Estado-Iglesia. 5. Ley de la Enseñanza. 6. Ley sobre el Derecho de Queja y Petición. 7. Ley sobre Protección por Daños y Perjuicios de Agentes y Funcionarios del Estado. 8. Ley del Comercio Exterior. 9. Ley sobre la Trasmisión de Propiedades y Derechos a Entidades no Estatales. 10. Ley sobre el Control Constitucional. 11. Ley sobre la Inviolabilidad de la Correspondencia.

¿Está la Constitución cubana bajo ataque? ¿Poderosas fuerzas se alzan –dentro y fuera del país– contra ella y los principios, valores y derechos que contiene? ¿Podrán arremeter contra ella contando con la ignorancia de sus contenidos que tiene de la población cubana? ¿Es ella el obstáculo principal para la restauración capitalista que se gesta en las relaciones y la cultura e intereses de individuos, grupos y sectores que aspiran a la construcción y triunfo de una nueva hegemonía social y política en Cuba?

La deuda estructural acumulada en Cuba en relación a la Constitución y a su efectiva ciudadanización no puede ser resuelta por una reforma constitucional marcada por lo coyuntural económico y el plan de un equipo de gobierno cuya agenda de trabajo está signada por la urgencia de concretar la última etapa de la transición generacional. Es ciertamente un límite inobjetable. Pero la incapacidad para armar y hacer funcional hasta hoy un sistema jurídico dinámico y armonioso teniendo como base a la Constitución, fue y seguirá también un resultado de su escasa y amortiguada supremacía a lo largo de estos años, a menos que se revierta en el corto plazo. Por eso constitucionalización de las leyes, las actuaciones de los operadores jurídicos y los funcionarios públicos, así como de la cultura y las prácticas políticas de los ciudadanos y la sociedad en su conjunto es, ya no sólo un reto que sobrepasará los límites de la reforma al tiempo de ser un laste funesto para los desarrollos de la sociedad cubana, sino sobre todo un derrotero integral, complejo y crucial a seguir. Los próximos 12 meses moverán las agujas del reloj de la civilización en Cuba en una u otra dirección, pero avanzar en esas metas es sinónimo de esperanza y lucha para quienes creen en ese sol del mundo ciudadano que en Cuba es, como un dilema de la civilización, la Constitución.

https://www.rebelion.org/noticia.php?id=221583

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s