Dos activistas vascas detenidas en Grecia cuando intentaban trasladar a un grupo de refugiados

Píkara
La noche del 27 al 28 de diciembre, dos activistas vascas han sido detenidas en el puerto de Igoumenitsa (norte de Grecia) cuando intentaban acceder a un ferry con destino Italia en compañía de 8 refugiados que iban en un compartimento oculto de una autocaravana. Entre las refugiadas iba Natasha, una chica trans que ha sufrido varias agresiones por serlo y diversos jóvenes de nacionalidad siria, afgana e iraní. El viaje se enmarca en una campaña de desobediencia civil financiada por varios colectivos de Euskal Herria.
Estoy en un bar junto al puerto de Igoumenitsa. Faltan dos horas cuarenta y cinco minutos para que la autocaravana entre en él. Estoy solo. En la autocaravana viajan Mikel Zuloaga, Begoña Huarte y ocho refugiados. Bego y Mikel han venido a Grecia para ayudarles a pasar la frontera. El dinero lo han puesto diferentes colectivos y personas solidarias. Van a intentar llegar desde Grecia al País Vasco. Abro el ordenador y empiezo a redactar este texto para matar el rato y los nervios. Tengo muchas ganas de que salga bien. Quiero contar en primera persona que es posible cruzar ilegalmente un montón de fronteras.

Mikel y Bego no sólo están convencidos de hacerlo sino que quieren que sea una acción pública. Las pertenencias personales de los viajeros no van con ellos para que, en un eventual registro del vehículo, la policía no sospeche cuánta gente viaja en él. A la hora convenida voy a verles pasar. Estaré cerca de ellas sin comunicarnos en ningún momento. Si todo va bien, avisaré a la gente que les espera de que no ha habido problemas. Tengo una lista de las personas a las que tengo que avisar si les detienen: amigas, abogada, colectivos y partidos que van a apoyar, prensa. Bego y Mikel han grabado un vídeo explicando los motivos y reivindicando el viaje como un ejercicio de desobediencia civil que será enviado a las teles si son arrestadas. Todo saldrá bien, me digo mientras pido otra cerveza. Vamos.

La preparaciónEntre las personas que van a viajar hay una chica afgana embarazada de seis meses. También está Natasha, una mujer trans que, por serlo, ha sufrido todo tipo de vejaciones en el viaje desde que hace casi un año partió de Pakistán. Jóvenes de Siria, Irak, Afganistán, Irán. Hablan diferentes lenguas pero deberán estar muchas horas apretados en absoluto silencio. Son unos pocos de los 62.784 refugiados que no pueden salir de Grecia desde que la Unión Europea decidiera cerrar la ‘Ruta de los Balcanes’ el pasado febrero. Están hartas de esperar en campos de refugiados a que la Unión Europea cumpla sus compromisos de reubicación. Hartos de esperar a que Europa respete el derecho internacional y dé protección a quien escapa de las guerras.

Están en una casa repasando el plan. Si hay dudas hay que plantearlas ahora. Mañana todo tiene que estar claro. Sobre un mapa se señalan los puntos rojos -los lugares que, a priori, parecen más peligrosos-. Debido a los últimos atentados y al Estado De Emergencia en Francia, en Europa cada vez hay más controles fronterizos. Van a ir por carretera hasta Igoumenitsa, allí en un ferry hasta Brindisi y desde allí por carretera hasta cerca de Bilbao. Un coche va a hacer de lanzadera, irá varios kilómetros por delante del grupo para avisar de si hay controles policiales.

Los refugiados no tienen muy claro dónde queda el País Vasco; la mayoría quiere ir a Alemania. Están contentas porque, al menos, saldrán por fin de Grecia. Tengo ganas de conocer sus historias. De preguntarles por qué están aquí, cómo imaginan su futuro, si tienen miedo del viaje. Me gustaría saber qué piensan de las solidarias que se arriesgan a penas muy altas de cárcel por ayudarles de manera desinteresada. No hay tiempo para eso; deben repasar otra vez los detalles del viaje. Les piden por favor que, si les detienen, le digan a la policía del país que sea que nadie está haciendo esto por dinero.

Les muestran el cubículo donde van a estar mientras cruzan los ‘puntos rojos’. Han habilitado la bodega de la autocaravana con colchones y la han tapado para que no parezca una bodega. Tiene dos metros de ancho por metro treinta de largo. Una ventanita con una rejilla para que entre bien el aire. La chica embarazada no lo ve claro. Pide disculpas y se retira del plan junto a su marido. Uno de los chicos comienza a sudar y a temblar en cuanto entra. Tiene claustrofobia, lo va a pasar realmente mal. Decide no viajar. Hay tres candidatos para ocupar sus puestos; hay que informarles del plan rápidamente. Salen en pocas horas.

Hace unos meses, Mikel me dijo que estaba cansado de esperar a que las declaraciones se conviertan en realidad. “Los ayuntamientos, organizaciones, partidos y colectivos que decimos refugees welcome tenemos que pasar a la acción”, sentenció, “ya hay mucha gente que está ayudando a gente a pasar las fronteras pero yo creo que hay que hacerlo a mayor escala y público. Si los Estados no respetan los Derechos Humanos, la desobediencia civil para garantizaros no sólo es legítima sino totalmente necesaria”.

Me pregunta si lo veo factible. “Si quieres te cuento los detalles”, dice. Prefiero no saberlos. Prefiero que los sepan sólo las personas que lo van a hacer.

Me pregunto a mí mismo si me atrevería. Me da un poco de miedo. Me acuerdo de Ahmad Belal, que a sus doce años nos contó la paliza que le dieron a sus padres y sus amigos cuando intentaron, sin éxito, entrar en la Antigua República Yugoslava de Macedonia (ARYM). Me acuerdo de Tahir, que en el campo de refugiados de Subótica, en Serbia, nos explicaba la cantidad de veces que ha intentado saltar la valla de Hungría; la misma cantidad de veces que la policía húngara le ha lanzado a sus perros y le ha hostiado para que se le quiten las ganas de volver. Me acuerdo de Juhina, que llorando tras ser desalojada de Idomeni nos decía “no hemos escapado de la guerra en Siria y venido a Europa para vivir en un campamento, sólo queremos una vida normal”. Recuerdo los miles de euros que piden por viajar desde Grecia a Italia en barco en condiciones peores. Llevo más de un año viendo y relatando la situación de los refugiados en Grecia. Siento la necesidad de hacer algo más. Creo que sí lo haría.

La detenciónEstoy en la cola para subir al ferry. Una señora rumana muy simpática me pregunta a qué hora llegará el barco. Charlamos un rato en italiano. Me cuenta que vive en Brindisi desde hace trece años y que, igual que un montón de rumanos y búlgaros, trabaja en la agricultura. En la cola sólo se oye rumano, búlgaro y serbio. Nada de griego ni italiano. Falta menos de media hora para la hora de partida y la autocaravana no está en la cola. “In tanto arriva la nave io mi faccio un giretto” le digo a mi nueva amiga. Junto a la entrada veo la autocaravana parada con un montón de policías de paisano alrededor. No puede ser. Me acerco mientras hablo por teléfono, como si hablar por teléfono me hiciera invisible para la policía. Estúpidos nervios. Son ellas, no hay duda. Los secretas custodian al grupo de refugiados. Dos polis con uniforme de camuflaje y metralleta vigilan a Bego y Mikel. No quiero creer lo que veo. Me acerco un poco más, veo a Natasha salir la última de la furgoneta. No hay duda. Les han detenido a todas.

No me subo al barco. Llamo a un amigo que conoce a una abogada en Igoumenitsa. Menos mal que está despierta. Viene a buscarme. Estoy tan nervioso que me cuesta entender el griego. Vamos a la comisaría del puerto. Aviso a las compañeras de Mikel y Bego que no se pueden creer lo que les digo. No sé si están más tristes o cabreadas. En la comisaría, los policías amenazan con detenerme a mí también. La abogada pregunta bajo qué acusación y con qué pruebas. Falsa alarma.

Bego y Mikel están serenos. Incluso sonríen cuando nos ven. La abogada les prepara para lo peor. Van a ser acusados de tráfico de seres humanos, un delito castigado con penas de prisión muy altas en Grecia. Puede que el juez dicte orden de prisión provisional aduciendo que hay riesgo de fuga porque no son griegos. Es probable que haya condena porque las pruebas son abrumadoras.

Mikel y Bego escuchan lo que dice la abogada con toda tranquilidad. “No somos traficantes. No hacemos esto por dinero. Lo hacemos porque los Estados de la Unión Europea no respetan los Derechos Humanos. Nuestra motivación es política. No tenemos miedo y estamos dispuestos a asumir las consecuencias de un acto que nos parece absolutamente legítimo. Le vamos a decir eso al juez” dicen con absoluta calma.

La abogada dice que los refugiados no han cometido ningún delito y lo más probable es que vuelvan a Atenas tras pasar 24 horas en el calabozo. Eso nos tranquiliza a todas. Son los verdaderos protagonistas de esta situación.

Antes de irme, Mikel me recuerda algo que ya habíamos hablado antes. “Deja claro que no somos héroes. Somos personas normales que hacen -o intentan hacer- lo que está a su alcance ante una injusticia evidente. Lo único que me da miedo de verdad es hacer el notas” insiste “no queremos ningún show, ningún recibimiento en el aeropuerto cuando lleguemos ni nada así. Lo único que queremos es que, de una santa vez, empecemos a desobedecer de manera masiva estas fronteras criminales”.

ACTUALIZACIÓN: Seis de las ocho refugiadas detenidas -entre ellas Natasha- han sido puestas en libertad a primera hora de la mañana. Los otros dos refugiados están tramitando su petición de asilo en Grecia, por lo que la detención se alargará unas horas más. La fiscalía considera que los refugiados no han cometido ningún delito. Bego y Mikel pasarán a disposición judicial a lo largo del día 28 de diciembre.

ACTUALIZACIÓN: Video en el que reivindican el viaje como un ejercicio de desobediencia civil.

Fuente: http://www.pikaramagazine.com/2016/12/dos-activistas-vascas-detenidas-en-grecia-cuando-intentaban-trasladar-a-un-grupo-de-refugiados-desde-grecia/#sthash.13o5bYBJ.dpuf

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