El Medio Oriente y Washington

Hace un siglo, como consecuencia de la primera guerra mundial, Francia e Inglaterra se repartieron los despojos del Imperio otomano mediante el tratado Sykes-Picot. Después de la Segunda Guerra Mundial los imperialistas franco-ingleses fueron expulsados del Medio Oriente.

Quedaron entonces como potencias regionales Israel e Irán. El primero estaba sostenido al comienzo por la Unión Soviética que quería debilitar a Inglaterra y por Estados Unidos que quería entrar en la región. El imperio persa, en cambio, fue apoyado primero por Inglaterra y después por Estados Unidos, que desplazó a los ingleses.

Desde la revolución nasserista en Egipto en 1952, la Unión Soviética sostuvo por su parte a Egipto, que se federó con Siria y Yemen en la efímera República Árabe Unida. Siria e Irak estaban gobernados entonces por dos ramas enemigas del Partido Socialista Árabe Baas, de tendencia panárabe, y sus gobiernos hacían de todo para desestabilizar a su “primo” y adversario.

Hafez al Assad, de la derecha baasista siria, dio un golpe de Estado en 1970 e instauró una sangrienta dictadura que causó miles de muertos palestinos en el Septiembre negro de 1970 (Assad decía que Palestina era Siria del sur) y decenas de miles de víctimas en Homs y entre los comunistas (lo que no impidió su posterior alianza con Moscú) y entre los nacionalistas de izquierda sirios. A su muerte en el 2000 dejó el gobierno en manos de su hijo Bachir al Assad quien continuó la dictadura paterna.

En Irak gobernaba otra rama del Baas que decía ser socialista y laica y se apoyaba en realidad en la mayoría sunnita de las fuerzas armadas. La derecha de esa fracción estaba dirigida por Saddam Hussein. Cuando la revolución en Irán derribó al Sha y llevó al poder a Jomeini y los ayatollahs, que masacraron a la izquierda, Estados Unidos, aliado con Arabia Saudita y los países europeos imperialistas, intentó por todos los medios derribar al nuevo gobierno de Teherán. Utilizó para ello a Saddam Hussein e Irak combatió así contra Irán desde 1980 hasta 1988, con enormes pérdidas humanas de ambos lados. Washington hizo creer posteriormente a Saddam Hussein que apoyaría la invasión de Kuwait pero atacó a Irak y lo invadió alegando falsamente que su víctima tenía “armas de destrucción masivas” totalmente inexistentes. Además de destruir al país árabe más avanzado y de matar cientos de miles de personas, el ejército estadounidense saqueó los museos que custodiaban piezas de seis mil años de antigüedad.

Después, para ocupar también Siria (y darle el gusto a Israel de hacer desaparecer un vecino fuerte), alentó, protegió y armó a la oposición salafista de ultraderecha, protegida y armada también por Qatar, Arabia Saudita, Turquía y los ex colonialistas franco-ingleses.

Assad no solamente tuvo que enfrentar esa coalición sino también a diferentes oposiciones laicas, de izquierda, de centroizquierda y musulmanes moderados. Por ejemplo, Alepo, la segunda ciudad del país con bastante desarrollo industrial y gran número de obreros, nunca estuvo en manos del Estado Islámico y en el suburbio industrial y popular del Este los salafistas eran sólo una minoría.

El gobierno de Damasco se apoyó entonces en Irán, en los chiítas libaneses (Hezbollah) y de Afganistán y en Irak, cuyo gobierno es hoy chiíta después del fracaso estadounidense y de la retirada de las tropas ocupantes. En escala internacional, Rusia y China le dieron apoyo diplomático y la aviación rusa le permitió reconquistar Alepo y ganar terreno frente a sus opositores peores (el Estado islámico y los salafistas) y sembrar el desconcierto entre las otras oposiciones sostenidas por otras potencias. Ahora Rusia, prescindiendo de las negociaciones de Ginebra, convoca con Turquía una negociación de paz en Afganistán.

El resultado que obtuvo la torpe diplomacia estadounidense es contundente: unió a Irán con el Irak cuyo gobierno es hoy chiíta y no sunnita, como con Saddam, y unió también a Irak y Siria. En vez de eliminar a Bachir al Assad, lo convirtió en vencedor de una terrible guerra. Irán es hoy la principal potencia en la zona y con muchos aliados que antes no tenía enfrenta a Israel. Rusia es ahora una potencia en el Mediterráneo, tal como aspiraban los zares, y Turquía se ve obligada a separarse de israelíes y sauditas para lograr lazos con Moscú. Por último, de la conferencia de paz organizada por Rusia podría surgir la aceptación de Assad por los opositores moderados y un supuesto gobierno de reconciliación nacional que prepare elecciones presidenciales… y la substitución de Bachir al Assad por un pro-ruso más presentable y confiable.

Para los despistados: por consiguiente, ni Assad es un héroe nacionalista ni es una pobre víctima del imperialismo ni Rusia (Putin) es un aliado de los pueblos oprimidos. Apoyar a Assad es apoyar a un dictador y a Putin es apoyar al imperialismo ruso, enemigo del de Estados Unidos pero no menos pernicioso. El enemigo de mi enemigo puede ser también mi enemigo…

https://www.rebelion.org/noticia.php?id=220876

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